היום המבט הכפול מתמקד בסיפור משפחתי. הגירסה העברית בקרוב
Hoy la doble mirada se concentra en un cuento familiar
Jota antes de ene
“The two most important days in your life are the day you are born and the day you find out why.” Mark Twain
La expresión de sorpresa en
la cara del muchacho fué lo que lo hizo pararse, buscar el cartelito de cartón
de Enseguida vuelvo que utilizaba cuando la vejiga o las ganas de fumar le
apretaban, y pegarlo con la cinta adhesiva, que guardaba en el cajón del medio
sólo para ese fin, sobre el vidrio de la ventanilla, que bajó de un golpe, casi
golpeando los dedos del primero de la
cola, que alcanzó a retirarlos, sin comprender, junto con el formulario que ya
estaba deslizando sobre el mostrador. Salió rápido hacia la sala y parándose
del lado opuesto de su propia ventanilla pudo ver al muchacho caminando hacia el rincón que le
había indicado. Llevaba la espalda adolescente y los hombros un poco inclinados
hacia atrás, como si no quisieran ir hacia donde la cabeza, erguida y curiosa,
buscaba a la mujer. Ella no prestó atención a las señales que él le hacía
desde lejos, indicándole al muchacho con grandes movimientos de brazos y de
dedos, como si quisiera enviarle imaginarias flechas de colores para que no
quedara ninguna duda - ése era el chico
que ella había buscado toda su vida y que gracias a él y a su obsesiva
curiosidad por los nombres raros, estaba ahora frente a ella con expresión de
duda en el cuerpo. Dejó de mover los
brazos y de repetir en voz baja Es él, es él! cuando se dio cuenta que ellos ya
estaban conversando y la nena que ella llevaba de la mano, lo miraba asustada.
Le sonrió y la saludó abriendo y cerrando su mano, como su mujer le había dicho
ya hacía mucho tiempo, que esa es la manera en que los niños pequeños hacen
el gesto de despedida, y que aquí se dice chaú y no adiós, como en su
tierra. Cuando vio correr las lágrimas
en las mejillas de la mujer y que los hombros del muchacho se iban relajando
poco a poco, sintió una gran paz que le ensanchaba el corazón y la satisfacción
por el trabajo bien realizado. Los que estaban parados en la cola, a la que a
cada minuto se agregaba otra persona, subieron el tono de sus protestas y
reclamos que él comenzó a oir sólo cuando pudo dejar de imaginarse el diálogo
entre los dos hermanos en el rincón de la sala. Volvió a la ventanilla, despegó
el cartel y subió el vidrio. Cuando los primeros de la cola vieron su mirada
radiante a pesar de las lágrimas que brillaban en sus ojos y la sonrisa amable
con la que recibía sus protestas, no pudieron menos que callarse,
presentar uno a uno el formulario y retirarse después de recibir el sello o el
nuevo carnet de conductor junto con las felicitaciones del empleado.
Estaba
siempre afiebrado. O de amor - desde que se dio cuenta que cuando ella lo
miraba su cuerpo se sacudía en un largo y agradable estremecimiento que
terminaba en una sonrisa tímida. O de pasión por la causa - no se cansaba de
hablar acerca del nuevo tipo de hombre que se estaba creando en el recién
nacido país de los judíos. O de dolor - cuando sus labios se ponían
azules y su respiración se hacía más y más pausada a causa de la
insuficiencia cardíaca de la que sufría. Él era un luchador y no abandonaría
fácilmente. El plan no era calmar la fiebre, sino por el contrario atizar
el fuego para que ardiera más y más. Juntos viajarían a Israel y con sus amigos
se unirían a una
granja agrícola colectiva, a un kibutz , la mejor base para sacarse de
encima la piel de la diáspora y de la falta de pertenencia y dejar brotar al
nuevo judío, ese que de día trabajaría la tierra hasta convertir el desierto en
un vergel y por las noches , con su boca pegada al oído de sus amada, recitaría
versos en el antiguo idioma bíblico. En la insuficiencia cardíaca prefería no
pensar, sus padres se preocupaban demasiado, él estaba convencido que el
trabajo fuerte, la realización de su sueño y el aire de la Galilea le
devolverían el compás a su respiración y borrarían el azul de sus labios.
Y ella? Ella
lo quería a él.
Son
demasiado jóvenes para casarse, decían los padres de ella. Él está enfermo, sin
profesión, sin dinero y sin casa, se preocupaban los padres de él. Lo que hacen
es una locura que no va a durar, pensaban todos.
Se
embarcaron a los pocos días de haberse casado. Él tenía recuerdos
borrosos de aquel otro barco en el que había llegado a la Argentina desde la
lejana Polonia, cuando tenía apenas cuatro años. No había alcanzado a hacer los
trámites de nacionalización argentina y recién cumplidos sus veintiún años, ya
estaba haciendo su segundo viaje de inmigrante. Para ella, era ésa la primera
vez que subía a un barco, que se alejaba de sus padres. También ellos
habían llegado de Polonia, poco antes que ella naciera. Le resultaba extraño
estar lejos de Buenos Aires, ciudad de la que nunca en sus diecinueve años se
había alejado.
Las semanas
que duró la travesía fueron las más dichosas de sus vidas. Durante el día
estudiaban hebreo, paseaban por el barco, leían. Después de cenar se armaban
casi siempre debates políticos. Con ellos viajaban grupos de jóvenes de
distintas organizaciones, todas sionistas y unidas por la idea de reforzar al
nuevo país que había surgido para normalizar al antiguo pueblo. Pero cada
organización representaba otro color de una variada gama ideológica. Ella
estaba orgullosa de su marido. Las largas horas de descanso en el barco le
hacían bien y su voz de líder se escuchaba fuerte y potente en cada debate. La
discusión amainaba cuando el acordeón daba la señal y todos se unían a las
rondas de bailarines que giraban en la cubierta. Era el turno de él de
estar orgulloso de su mujer, que era la que bailaba el hora con más
gracia. Más tarde, en su pequeña cabina, abrazados, él seguía con su fiebre de
amor y era ella la que se estremecía larga y agradablemente.
.
El kibutz
esperaba al nuevo grupo de argentinos con ansiedad. Estaba situado en la
Baja Galilea, en la zona del valle de Jezreel y se había establecido unos meses
antes. En las carpas y las precarias cabañas que ya se habían levantado, vivían
jóvenes como ellos, nuevos inmigrantes llegados de diversos países que
compartían sus mismas esperanzas. Desde su carpa, por la noche, veían al oeste
y muy cercana la sombra redondeada del
Monte Tabor y a lo lejos, al este, el Gilboa y las alturas del Gilad. Y sobre
ellos titilaba el cielo claro, tachonado de estrellas. Y ese paisaje, fue el único
recuerdo agradable que ella conservó del tiempo que pasó en el kibutz.
Todavía
no estaban conectados a la red de electricidad ni tenían agua
corriente. Grandes tanques de agua llegaban dos veces por semana en
carros tirados por mulas . En esos carros, que eran eran el único medio de
transporte que podía entrar a la zona donde se iba construyendo el kibutz,
llegaban también las provisiones y el correo. Y en uno de esos carros
llegó el médico que dictaminó que el largo viaje y las difíciles
condiciones de vida del lugar habían empeorado la enfermedad de él y confirmó
lo que ella ya sospechaba: estaba embarazada.
Lo decidió
ella - deberían retornar
y deberían hacerlo
rápido, antes del nacimiento del bebé. Ella no podría soportar que su bebé
durmiera lejos de ella "en la casa de los niños", que fuera cuidado
por otra gente, verlo sólo unas horas por día, no saber si llora o si la
necesita. No podía aceptar que él siguiera trabajando, matándose día a día
desoyendo las órdenes del médico. No podía soportar más la falta de intimidad,
la necesidad de permiso colectivo para hacer cualquier cosa, la falta de
comodidad mínima, el calor...El intercambio de cartas con sus padres llevó
tiempo y hasta que recibió el pasaje, el embarazo ya estaba avanzado. En julio
de 1950, regresó en avión a Buenos Aires. Sola y embarazada de ocho
meses. Un mes después nació G.
Él conoció a
su hija varios meses después. Le había costado renunciar a su sueño. Pero
después que debieron llevarlo dos veces al hospital porque se desmayó
trabajando, que los médicos le prohibieron hacer cualquier esfuerzo, que incluso
las tareas más fáciles le producían fatiga,
que empezó a sentirse culpable bajo las miradas críticas de los compañeros, que no
pudo soportar más la culpa de estar convirtiéndose en un peso para todos, tomó la decisión
: se volvería con ella. Y cuando se decidió, estaba esperándolo la
burocracia argentina - hacía ya un año de la abolición del decreto que prohibía
la entrada al país de ciudadanos polacos, decreto que abrió las puertas de la
Argentina a cientos de nazis que huían de la justicia en la Europa de
posguerra, pero las cerró a los miles de judíos europeos que huían de la
muerte y el espanto, pero pasaron meses hasta que sus documentos polacos
recibieron el visto bueno y pudo entrar nuevamente al país.
Los meses de
separación, la falta de recursos para vivir en una casa propia, el rencor que
crecía entre sus familias, la impotencia ante la imposibilidad de liberarse de
la dependencia económica de sus
padres en cuya casa vivían, la recaídas y la necesidad que él tenía de
asistencia médica
permanente, lograron apagar el poco calor que quedaba de aquella fiebre que los
había consumido hacía poco más de un año.
Se separaron
y ella regresó con G. a su
casa de soltera.
Él,
derrotado y agotado, siguió su rutina de
enfermo cardíaco. En una de las tantas veces que debió hospitalizarse, conoció a la que
años más tarde, después de la operación exitosa que corrigió el problema en su
corazón, sería la madre de su hijo. Pero cuando A. nació, él ya estaba
nuevamente enfermo.
Según la
tradición judía, cada año en la fecha de la muerte, se realiza en el
cementerio una ceremonia conmemorativa. La tumba es señalada con un monumento, una lápida en la
que figuran los datos de la persona fallecida y algunas palabras de recuerdo de sus seres
más cercanos. G. recuerda cómo su mamá la llevó al cementerio el día en el que
hicieron la ceremonia conmemorativa en honor de él, de su papá , al año de su
muerte. Tenía once años. Recuerda
cómo ella y su mamá vieron todo desde lejos, casi escondidas. Y cómo tuvieron
que esperar a que sus abuelos, sus tíos, la nueva mujer y todos los demás
familiares se fueran para poder acercarse a la tumba y descubrir que también en
esa ocasión la habían olvidado y en la inscripción sólo figuraba "tu querido hijo
A.". La sensación de negación y rechazo para ella inexplicable, la
acompañaría durante toda su vida. A. no tiene ningún recuerdo de ese día, era
muy pequeño cuando murió su papá y no lo llevaron al cementerio tampoco al año
siguiente, para la ceremonia.
G. supo que
tenía un hermano desde el momento en que A. nació. Pero lo vio una sola vez, en
un cumpleaños al que los dos fueron invitados. Su mamá le señaló un nene,
casi un bebé, y le dijo: Ves ese nene que está ahí? Ése es tu hermano.
Nunca se olvidó de su cara.
Después su
mamá se volvió a casar, nació su hermana y la vida siguió su curso.
También la
mamá de A. se volvió a casar y A. se crió junto a sus tres hermanos menores.
Recuerda que siendo muy chico su mamá le dijo que tiene otra hermana,
pero también le dijo que ésa era la última vez que ella le hablaría de ese
tema. Siempre tuvo la sensación de saber y de no saber, le dijeron algo muy
importante sobre su vida y al mismo tiempo le ordenaron olvidárselo.
G. y A.
vivían en la misma ciudad. Mucha gente conocía la historia de sus familias.
Compartían abuelos y tíos. Y sin embargo, nadie mencionaba a uno delante del otro y sus
caminos nunca se cruzaron .
...
Lo que ves allá
a la izquierda, al oeste y muy cercana es la sombra redondeada del
Monte Tabor y a la derecha, al este, a lo lejos, el Gilboa y las alturas del
Gilad. Y las luces
que vemos frente nuestro, del otro lado
de la ruta, son las luces del kibutz de papá.
Estaban
sentados en el jardín de la casa de A. en un pequeño
y coqueto poblado del valle de Jezreel, en la Baja Galilea. Cuando G. había
llegado a Israel días antes, en un rincón
de su corazón aún habitaba el conocido temor a ser rechazada, el temor
a ser dejada nuevamente lejos y escondida. Con A. y su mujer visitó
el kibutz que sus padres se encontraban entre los fundadores y en el que
encontró a compañeros que a pesar
de los más de sesenta años
transcurridos aún los recordaban. También
acmpañada por su hermano y su cuñada
fue a conocer a sus primos, sobrinos de su papá.
Y sintió cómo el temor se le iba disipando en el cariñoso
abrazo con que su familia la recibió. Con ellos
intercambió fotos de hijos y de nietos y entre todos trataron de
comprender los motivos y las razones de la historia familiar.
La noche iba envolviendo el
jardín, desde la casa les llegaban las voces de la mujer y
los hijos de él. Siguieron conversando, se sentían
unidos, tranquilos, llenos de esperanzas. Habían
paseado por los paisajes del país, la geografía de los sueños
de su padre. Y sobre ellos titilaba el cielo claro, tachonado de
estrellas.
Te acordas del hombre de la Dirección
de Tránsito? Cuando volví
para agradecerle lo que hizo por nosotros, me dijo que era él
el que debía agradecernos a nosotros. Que su vida detrás
de la ventanilla se dividía en dos – antes y después
de habernos conocido.
...
Más
tarde, durante la cena, les contó a su mujer y a sus hijos lo que había hecho.
Cómo había sentido siempre curiosidad por los apellidos raros, llenos de
consonantes y con pocas vocales, tan diferentes a los apellidos de sus
compatriotas gallegos y cómo, siempre que le aparecía alguien en la ventanilla
con un apellido que le parecía impronunciable , no se contentaba con leerlo
sino que le pedía al nuevo conductor decir su nombre en voz alta, para aprender
la pronunciación y escuchar el sonido del nombre. Lo que había hecho hoy le había otorgado un
sentido a su vida y desde ahora su puesto tras la ventanilla sería
completamente diferente. Hoy
había dejado de ser un simple empleado, máquina de poner sellos y
emitir licencias, su curiosidad por los nombres raros y sus veinte años de
antigüedad tras esa ventanilla, tenían un fin y un objetivo y él
no se ha desentendido de ese fin, no, por el contrario, se ha dado cuenta que
el destino le había brindado una oportunidad y él
no la dejó pasar. Lo que ha hecho hoy le otorgó un profundo
significado a los 20 de años de aburrimiento tras la ventanilla, a su renuncia a estudiar en la universidad, a
su negación a servir de mozo en el bar de su cuñado, a... de pronto captó la
mirada de su mujer. No, por supuesto, el primer significado de mi trabajo ahí
es poder mantenerlos a ustedes, mi mujer y mis niños, que son lo mejor que
tengo en mi vida. Pero lo que me ha sucedido hoy... lo que he hecho hoy... A la mujer se le acabó la paciencia, como
generalmente le sucedía cuando su marido hablaba y hablaba sin que ella se
enterara de qué. Dímelo ya, qué es lo
que has hecho hoy? Qué has encontrado de pronto que ha llenado tu vida de tanto
sentido? Te han dado aumento de sueldo o qué? Hoy le he encontrado el hermano a una mujer que lo había perdido.
Después
de completar sus estudios universitarios G. se casó y se fue a vivir a Bahía Blanca. A
principios de ese verano viajó con su hijita a Buenos Aires a visitar a las
abuelas. Un martes muy temprano tomó a
la nena de la mano y se fueron juntas a
la oficina de la Dirección de Tráfico,
ya que debía retirar la nueva licencia que había solicitado cuando la anterior
se le perdió. Cuando le llegó el turno, el hombre de la ventanilla le pidió decir
en voz alta su apellido (en la licencia figuraba su apellido de soltera) y le
comentó que esa jota antes de la ene es muy extraña. Mi papá era de origen
polaco, le dijo ella. El hombre buscó en una caja que tenía sobre el mostrador.
Vuelva dentro de una hora, por favor, todavía no me han bajado las licencias
que debo entregar hoy. Por favor, trate de encontrarla hasta que vuelva,
vivimos afuera y mañana ya nos vamos.
El lunes, A. de 19 años se
presentó en Parque Centenario y pasó el examen que le permitiría manejar el
coche familiar. El martes por la mañana hizo la cola en la oficina de la Dirección
de Tráfico. Estaba contento, había pasado el examen en el
primer intento y esa misma semana viajaría al extranjero por un mes como
acompañante y guía de un grupo de chicos. Su primer trabajo serio. Cuando llegó
su turno le presentó al hombre de la ventanilla el formulario firmado. Pasé el
examen! le dijo muy contento. Felicitaciones, le contestó, y mientras
sellaba el formulario sus ojos cayeron
sobre la jota antes de la ene. Me podés decir tu apellido? - le pidió el hombre
de la ventanilla- es dificil leer una jota antes de una ene. A. dijo su nombre
en voz alta y agregó: Mi papá era de origen polaco. El hombre de la ventanilla
se quedó mirándolo, después miró la cola que parecía crecer cada minuto,
sacudió la cabeza y lo mandó al piso de arriba a fotografiarse. Cuando termines
arriba, volvé acá con las fotos y los papeles que te van a dar. Quién sigue?
Al rato volvió G. Mientras
le entregaba la licencia, el hombre de la ventanilla le comentó:
Mire qué casualidad! Hace un ratito pasó por acá un muchacho con el mismo
apellido que usted. Jota antes de ene dos veces en el mismo día. Pero señora,
qué le pasa? Se siente mal? Cómo se llama? Quién, yo? Juan Carlos. No usted! El
muchacho! Ya se lo dije, como usted! No el apellido, el nombre! El nombre!
Espere, no se ponga así! Miro en la pila de papeles que tengo acá y se lo digo.
Se llama A. Deme la dirección, deme el teléfono! Por favor! Por favor! Es mi
hermano! No hablé nunca con él y la última vez que lo ví, él tenía dos años.
Toda mi vida lo estoy buscando. Cálmese, señora. Él está todavía acá. Está arriba sacándose
la foto. Debe regresar. Usted se va a aquel banco en ese rincón ahí enfrente, y
cuando el chico baje yo se lo mando enseguida. Pero usted no le diga que soy la
hermana, se lo quiero decir yo, por favor! Por supuesto, señora, por supuesto.
Usted es la hermana, no yo.
A. bajó de las oficinas del
primer piso y ni bien se volvió a parar en la cola, vio que el hombre de la ventanilla le hacía
señas para que se acerque. Primero pensó que no era a él a quien señalaba,
pero cuando los otros de la cola le comenzaron a decir Dale, pibe, movete. No
ves que te está llamando?
Se acercó intrigado.



2 comentarios:
Muy lindo cuento. ¿Lo escribiste vos?
Sí.
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