9.2.14

Jota antes de ene



היום המבט הכפול מתמקד בסיפור משפחתי. הגירסה העברית בקרוב 

Hoy la doble mirada se concentra en un cuento familiar

Jota antes de ene

“The two most important days in your life are the day you are born and the day you find out why.”  Mark Twain

La expresión de sorpresa en la cara del muchacho fué lo que lo hizo pararse, buscar el cartelito de cartón de Enseguida vuelvo que utilizaba cuando la vejiga o las ganas de fumar le apretaban, y pegarlo con la cinta adhesiva, que guardaba en el cajón del medio sólo para ese fin, sobre el vidrio de la ventanilla, que bajó de un golpe, casi golpeando  los dedos del primero de la cola, que alcanzó a retirarlos, sin comprender, junto con el formulario que ya estaba deslizando sobre el mostrador. Salió rápido hacia la sala y parándose del lado opuesto de su propia ventanilla pudo ver  al muchacho caminando hacia el rincón que le había indicado. Llevaba la espalda adolescente y los hombros un poco inclinados hacia atrás, como si no quisieran ir hacia donde la cabeza, erguida y curiosa, buscaba a la mujer. Ella no prestó atención a las señales que él le hacía desde lejos, indicándole al muchacho con grandes movimientos de brazos y de dedos, como si quisiera enviarle imaginarias flechas de colores para que no quedara ninguna duda -  ése era el chico que ella había buscado toda su vida y que gracias a él y a su obsesiva curiosidad por los nombres raros, estaba ahora frente a ella con expresión de duda en el cuerpo.  Dejó de mover los brazos y de repetir en voz baja Es él, es él! cuando se dio cuenta que ellos ya estaban conversando y la nena que ella llevaba de la mano, lo miraba asustada. Le sonrió y la saludó abriendo y cerrando su mano, como su mujer le había dicho ya hacía mucho tiempo, que esa es la manera en que los niños pequeños hacen el gesto de despedida, y que aquí se dice chaú y no adiós, como en su tierra.  Cuando vio correr las lágrimas en las mejillas de la mujer y que los hombros del muchacho se iban relajando poco a poco, sintió una gran paz que le ensanchaba el corazón y la satisfacción por el trabajo bien realizado. Los que estaban parados en la cola, a la que a cada minuto se agregaba otra persona, subieron el tono de sus protestas y reclamos que él comenzó a oir sólo cuando pudo dejar de imaginarse el diálogo entre los dos hermanos en el rincón de la sala. Volvió a la ventanilla, despegó el cartel y subió el vidrio. Cuando los primeros de la cola vieron su mirada radiante a pesar de las lágrimas que brillaban en sus ojos y la sonrisa amable con la que recibía sus protestas, no pudieron menos que callarse, presentar uno a uno el formulario y retirarse después de recibir el sello o el nuevo carnet de conductor junto con las felicitaciones del empleado. 
 Estaba siempre afiebrado. O de amor - desde que se dio cuenta que cuando ella lo miraba su cuerpo se sacudía en un largo y agradable estremecimiento  que terminaba en una sonrisa tímida. O de pasión por la causa - no se cansaba de hablar acerca del nuevo tipo de hombre que se estaba creando  en el recién nacido país de los judíos. O de dolor -  cuando sus labios se ponían azules  y su respiración se hacía más y más pausada a causa de la insuficiencia cardíaca de la que sufría. Él era un luchador y no abandonaría fácilmente.  El plan no era calmar la fiebre, sino por el contrario atizar el fuego para que ardiera más y más. Juntos viajarían a Israel y  con sus amigos se unirían a una granja agrícola colectiva, a un kibutz , la mejor base para sacarse de encima la piel de la diáspora y de la falta de pertenencia y dejar brotar al nuevo judío, ese que de día trabajaría la tierra hasta convertir el desierto en un vergel y por las noches , con su boca pegada al oído de sus amada, recitaría versos en el antiguo idioma bíblico. En la insuficiencia cardíaca prefería no pensar, sus padres se preocupaban demasiado, él estaba convencido que el trabajo fuerte, la realización de su sueño y el aire de la Galilea le devolverían el compás a su respiración y borrarían el azul de sus labios.

Y ella? Ella lo quería a él. 

Son demasiado jóvenes para casarse, decían los padres de ella. Él está enfermo, sin profesión, sin dinero y sin casa, se preocupaban los padres de él. Lo que hacen es una locura que no va a durar, pensaban todos.

Se embarcaron a los  pocos días de haberse casado. Él tenía recuerdos borrosos de aquel otro barco en el que había llegado a la Argentina desde la lejana Polonia, cuando tenía apenas cuatro años. No había alcanzado a hacer los trámites de nacionalización argentina y recién cumplidos sus veintiún años, ya estaba haciendo su segundo viaje de inmigrante. Para ella, era ésa la primera vez que subía a un barco, que se alejaba de sus padres. También  ellos habían llegado de Polonia, poco antes que ella naciera. Le resultaba extraño estar lejos de Buenos Aires, ciudad de la que nunca en sus diecinueve años se había alejado. 
Las semanas que duró la travesía fueron las más dichosas de sus vidas. Durante el día estudiaban hebreo, paseaban por el barco, leían. Después de cenar se armaban casi siempre debates políticos.  Con ellos viajaban grupos de jóvenes de distintas organizaciones, todas sionistas y unidas por la idea de reforzar al nuevo país que había surgido para normalizar al antiguo pueblo. Pero cada organización representaba otro color de una variada gama ideológica. Ella estaba orgullosa de su marido. Las largas horas de descanso en el barco le hacían bien y su voz de líder se escuchaba fuerte y potente en cada debate. La discusión amainaba cuando el acordeón daba la señal y todos se unían a las rondas de bailarines que giraban en la cubierta.  Era el turno de él de estar orgulloso de su mujer, que era la que bailaba el hora con más gracia. Más tarde, en su pequeña cabina, abrazados, él seguía con su fiebre de amor y era ella la que se estremecía larga y agradablemente.
El kibutz esperaba al nuevo grupo de argentinos con ansiedad. Estaba situado en la Baja Galilea, en la zona del valle de Jezreel y se había establecido unos meses antes. En las carpas y las precarias cabañas que ya se habían levantado, vivían jóvenes como ellos, nuevos  inmigrantes llegados de diversos países que compartían sus mismas esperanzas. Desde su carpa, por la noche, veían al oeste y muy cercana  la sombra redondeada del Monte Tabor y a lo lejos, al este, el Gilboa y las alturas del Gilad. Y sobre ellos titilaba el cielo claro, tachonado de estrellas. Y ese paisaje, fue el único recuerdo agradable que ella conservó del tiempo que pasó en el kibutz.

 Todavía  no estaban  conectados a la red de electricidad ni tenían agua corriente.  Grandes tanques de agua llegaban dos veces por semana en carros tirados por mulas . En esos carros, que eran eran el único medio de transporte que podía entrar a la zona donde se iba construyendo el kibutz, llegaban también las provisiones y el correo. Y en uno de esos carros  llegó el médico que dictaminó que el largo viaje y las difíciles condiciones de vida del lugar habían empeorado la enfermedad de él y confirmó lo que ella ya sospechaba: estaba embarazada. 

Lo decidió ella - deberían retornar y deberían hacerlo rápido, antes del nacimiento del bebé. Ella no podría soportar que su bebé durmiera lejos de ella "en la casa de los niños", que fuera cuidado por otra gente, verlo sólo unas horas por día, no saber si llora o si la necesita. No podía aceptar que él siguiera trabajando, matándose día a día desoyendo las órdenes del médico. No podía soportar más la falta de intimidad,  la necesidad de permiso colectivo para hacer cualquier cosa, la falta de comodidad mínima, el calor...El intercambio de cartas con sus padres llevó tiempo y hasta que recibió el pasaje, el embarazo ya estaba avanzado. En julio de 1950,  regresó en avión a Buenos Aires. Sola y embarazada de ocho meses.  Un mes después nació G.

Él conoció a su hija varios meses después. Le había costado renunciar a su sueño. Pero después que debieron llevarlo dos veces al hospital porque se desmayó trabajando, que los médicos le prohibieron hacer cualquier esfuerzo, que incluso  las tareas más fáciles le producían fatiga, que empezó a sentirse culpable bajo las miradas críticas de los compañeros, que no pudo soportar más la culpa de estar convirtiéndose en un peso para todos, tomó la decisión : se volvería con ella. Y cuando se decidió, estaba esperándolo la burocracia argentina - hacía ya un año de la abolición del decreto que prohibía la entrada al país de ciudadanos polacos, decreto que abrió las puertas de la Argentina a cientos de nazis que huían de la justicia en la Europa de posguerra, pero las cerró a los miles de judíos europeos que huían de la muerte y el espanto, pero pasaron meses hasta que sus documentos polacos recibieron el visto bueno y pudo entrar nuevamente al país. 

Los meses de separación, la falta de recursos para vivir en una casa propia, el rencor que crecía entre sus familias, la impotencia ante la imposibilidad de liberarse de la dependencia económica de sus padres en cuya casa vivían, la recaídas y la necesidad que él tenía de asistencia médica permanente, lograron apagar el poco calor que quedaba de aquella fiebre que los había consumido hacía poco más de un año. 

Se separaron y ella regresó con G. a su casa de soltera.   

Él, derrotado y agotado,  siguió su rutina de enfermo cardíaco. En una de las tantas veces que debió hospitalizarse, conoció a la que años más tarde, después de la operación exitosa que corrigió el problema en su corazón, sería la madre de su hijo. Pero cuando A. nació, él ya estaba nuevamente enfermo. 

Según la tradición judía,  cada año en la fecha de la muerte, se realiza en el cementerio una ceremonia conmemorativa. La tumba es señalada con un monumento, una lápida en la que figuran los datos de la persona fallecida  y algunas palabras de recuerdo de sus seres más cercanos. G. recuerda cómo su mamá la llevó al cementerio el día en el que hicieron la ceremonia conmemorativa en honor de él, de su papá , al año de su muerte. Tenía once años. Recuerda cómo ella y su mamá vieron todo desde lejos, casi escondidas. Y cómo tuvieron que esperar a que sus abuelos, sus tíos, la nueva mujer y todos los demás familiares se fueran para poder acercarse a la tumba y descubrir que también en esa ocasión la habían olvidado y en la inscripción sólo figuraba "tu querido hijo A.". La sensación de negación y rechazo para ella inexplicable, la acompañaría durante toda su vida. A. no tiene ningún recuerdo de ese día, era muy pequeño cuando murió su papá y no lo llevaron al cementerio tampoco al año siguiente, para la ceremonia. 

G. supo que tenía un hermano desde el momento en que A. nació. Pero lo vio una sola vez, en un cumpleaños al que los dos fueron invitados. Su mamá le señaló un nene, casi un bebé, y le dijo: Ves ese nene que está ahí? Ése es tu hermano.  Nunca se olvidó de su cara. 

Después su mamá se volvió a casar, nació su hermana y la vida siguió su curso. 

También la mamá de A. se volvió a casar y A. se crió junto a sus tres hermanos menores.  Recuerda que siendo muy chico su mamá le dijo que tiene otra hermana, pero también le dijo que ésa era la última vez que ella le hablaría de ese tema. Siempre tuvo la sensación de saber y de no saber, le dijeron algo muy importante sobre su vida y al mismo tiempo le ordenaron olvidárselo. 

G. y A. vivían en la misma ciudad. Mucha gente conocía la historia de sus familias. Compartían abuelos y tíos. Y sin embargo, nadie  mencionaba a uno delante del otro y sus caminos nunca se cruzaron .

...
Lo que ves allá a la izquierda, al oeste y muy cercana es la sombra redondeada del Monte Tabor y a la derecha, al este, a lo lejos, el Gilboa y las alturas del Gilad. Y las luces que vemos  frente nuestro, del otro lado de la ruta, son las luces del kibutz de papá.
Estaban sentados en el jardín de la casa de A. en un pequeño y coqueto poblado del valle de Jezreel, en la Baja Galilea. Cuando G. había llegado a Israel días antes, en un rincón de su corazón aún habitaba el conocido temor a ser rechazada, el temor a ser dejada nuevamente lejos y escondida. Con A. y su mujer visitó el kibutz que sus padres se encontraban entre los fundadores y en el que encontró a compañeros que a pesar de los más de sesenta años transcurridos aún los recordaban. También acmpañada por su hermano y su cuñada fue a conocer a sus primos, sobrinos de su papá. Y sintió cómo el temor se le iba disipando en el cariñoso abrazo con que su familia la recibió. Con ellos intercambió fotos de hijos y de nietos y entre todos trataron de comprender los motivos y las razones de la historia familiar.  
La noche iba envolviendo el jardín, desde la casa les llegaban las voces de la mujer y los hijos de él. Siguieron conversando, se sentían unidos, tranquilos, llenos de esperanzas. Habían paseado por los paisajes del país, la geografía de los sueños de su padre. Y sobre ellos titilaba el cielo claro, tachonado de estrellas.
Te acordas del hombre de la Dirección de Tránsito? Cuando volví para agradecerle lo que hizo por nosotros, me dijo que era él el que debía agradecernos a nosotros. Que su vida detrás de la ventanilla se dividía en dos – antes y después de habernos conocido.

...
Más tarde, durante la cena, les contó a su mujer y a sus hijos lo que había hecho. Cómo había sentido siempre curiosidad por los apellidos raros, llenos de consonantes y con pocas vocales, tan diferentes a los apellidos de sus compatriotas gallegos y cómo, siempre que le aparecía alguien en la ventanilla con un apellido que le parecía impronunciable , no se contentaba con leerlo sino que le pedía al nuevo conductor decir su nombre en voz alta, para aprender la pronunciación y escuchar el sonido del nombre.  Lo que había hecho hoy le había otorgado un sentido a su vida y desde ahora su puesto tras la ventanilla sería completamente diferente. Hoy había dejado de ser  un simple empleado, máquina de poner sellos y emitir licencias, su curiosidad por los nombres raros y sus veinte años de antigüedad tras esa ventanilla, tenían un fin y un objetivo y él no se ha desentendido de ese fin, no, por el contrario, se ha dado cuenta que el destino le había brindado una oportunidad y él no la dejó pasar. Lo que ha hecho hoy le otorgó un profundo significado a los 20 de años de aburrimiento tras la ventanilla,  a su renuncia a estudiar en la universidad, a su negación a servir de mozo en el bar de su cuñado, a... de pronto captó la mirada de su mujer. No, por supuesto, el primer significado de mi trabajo ahí es poder mantenerlos a ustedes, mi mujer y mis niños, que son lo mejor que tengo en mi vida. Pero lo que me ha sucedido hoy... lo que he hecho hoy...  A la mujer se le acabó la paciencia, como generalmente le sucedía cuando su marido hablaba y hablaba sin que ella se enterara de qué.  Dímelo ya, qué es lo que has hecho hoy? Qué has encontrado de pronto que ha llenado tu vida de tanto sentido? Te han dado aumento de sueldo o qué?  Hoy le he encontrado  el hermano a una mujer que lo había perdido.
Después de completar sus estudios universitarios G.  se casó y se fue a vivir a Bahía Blanca. A principios de ese verano viajó con su hijita a Buenos Aires a visitar a las abuelas. Un martes muy temprano  tomó a la nena de la mano y se fueron juntas a  la oficina de la Dirección de Tráfico, ya que debía retirar la nueva licencia que había solicitado cuando la anterior se le perdió. Cuando le llegó el turno, el hombre de la ventanilla le pidió decir en voz alta su apellido (en la licencia figuraba su apellido de soltera) y le comentó que esa jota antes de la ene es muy extraña. Mi papá era de origen polaco, le dijo ella. El hombre buscó en una caja que tenía sobre el mostrador. Vuelva dentro de una hora, por favor, todavía no me han bajado las licencias que debo entregar hoy. Por favor, trate de encontrarla hasta que vuelva, vivimos afuera y mañana ya nos vamos. 
El lunes, A. de 19 años se presentó en Parque Centenario y pasó el examen que le permitiría manejar el coche familiar. El martes por la mañana hizo la cola en la oficina de la Dirección de Tráfico. Estaba contento, había pasado el examen en el primer intento y esa misma semana viajaría al extranjero por un mes como acompañante y guía de un grupo de chicos. Su primer trabajo serio. Cuando llegó su turno le presentó al hombre de la ventanilla el formulario firmado. Pasé el examen! le dijo muy contento. Felicitaciones, le contestó, y mientras sellaba  el formulario sus ojos cayeron sobre la jota antes de la ene. Me podés decir tu apellido? - le pidió el hombre de la ventanilla- es dificil leer una jota antes de una ene. A. dijo su nombre en voz alta y agregó: Mi papá era de origen polaco. El hombre de la ventanilla se quedó mirándolo, después miró la cola que parecía crecer cada minuto, sacudió la cabeza y lo mandó al piso de arriba a fotografiarse. Cuando termines arriba, volvé acá con las fotos y los papeles que te van a dar. Quién sigue?
Al rato volvió G. Mientras le entregaba la licencia, el hombre de la ventanilla le comentó: Mire qué casualidad! Hace un ratito pasó por acá un muchacho con el mismo apellido que usted. Jota antes de ene dos veces en el mismo día. Pero señora, qué le pasa? Se siente mal? Cómo se llama? Quién, yo? Juan Carlos. No usted! El muchacho! Ya se lo dije, como usted! No el apellido, el nombre! El nombre! Espere, no se ponga así! Miro en la pila de papeles que tengo acá y se lo digo. Se llama A. Deme la dirección, deme el teléfono! Por favor! Por favor! Es mi hermano! No hablé nunca con él y la última vez que lo ví, él tenía dos años. Toda mi vida lo estoy buscando. Cálmese, señora. Él está todavía acá. Está arriba sacándose la foto. Debe regresar. Usted se va a aquel banco en ese rincón ahí enfrente, y cuando el chico baje yo se lo mando enseguida. Pero usted no le diga que soy la hermana, se lo quiero decir yo, por favor! Por supuesto, señora, por supuesto. Usted es la hermana, no yo.
A. bajó de las oficinas del primer piso y ni bien se volvió a parar en la cola, vio  que el hombre de la ventanilla le hacía señas para que se acerque. Primero pensó que no era a él a quien señalaba, pero cuando los otros de la cola le comenzaron a decir Dale, pibe, movete. No ves que te está llamando?
 Se acercó intrigado.